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Buen PapelNorton Sánchez

Cubierta negra con una retícula fina de almacén; una etiqueta amarilla de inventario cuelga de un hilo con el texto Material en tránsito, exp. 8.400.271-J. Debajo, el título en serif blanca y el nombre del autor.

Un mundo recogido · Libro 1

Material en tránsito

Norton Sánchez

A las 05:44 del 14 de marzo, Madrid dejó de existir. No fue destruido: fue recogido. Y aquí solo puedes tocar lo que tus papeles te autoricen a tocar.

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A las 05:44 del 14 de marzo, Madrid dejó de existir.

No fue destruido. Fue recogido: doblado, etiquetado y guardado en un almacén del tamaño de un continente. Sobrevivieron cuatro millones de personas, y todas por la misma razón: llevaban papeles encima.

Bruno Vidal conducía una ambulancia de traslados. Doña Encarna, ochenta y seis años, llevaba la vida entera en una carpeta de plástico azul. Los dos tardan poco en descubrir la única regla que rige aquel sitio: aquí solo puedes tocar lo que tus papeles te autoricen a tocar. Una cajera puede repartir comida. Un maquinista puede mover un tren. El trabajo que nunca le agradecieron a nadie es lo único que aquí vale algo.

El expediente de Madrid sigue abierto, sin firmar, encima de una mesa a mil ciento ocho kilómetros. Todo sigue entero. Todo se puede recuperar.

El material en tránsito es recuperable. El material depositado en balda es permanente.

Y Madrid lleva subiendo hacia la suya desde el primer día.

Ficha técnica

Formatos
Tapa blanda, Ebook
Idioma
Español

Primeras páginas

Capítulo 1

Lo primero que hice cuando se acabó el mundo fue vomitar por encima de un quitamiedos.

Han pasado cuatro años y sigue siendo lo primero que cuento, porque he descubierto que si empiezo por ahí la gente me deja llegar hasta el final. Si empiezo por lo otro, no.

No me enorgullece y tampoco me avergüenza especialmente. Llevo dos años recogiendo a gente en portales oscuros a las cinco de la mañana y he visto a personas reaccionar a una mala noticia de catorce maneras distintas, y todas eran la correcta. La mía fue esa.

Cuando terminé me limpié la boca con la manga y me quedé mirando.

La carretera seguía. Eso es lo que no consigo explicarle bien a nadie: la carretera seguía. Seis carriles de asfalto con sus líneas, sus quitamiedos, sus señales y sus farolas encendidas, elevados sobre un vacío absoluto. El viaducto en pie. Debajo del viaducto, nada. A los lados del viaducto, nada.

Madrid no estaba.

No estaban las torres del norte, que en las noches claras se veían desde ahí como cuatro rayas de luz. No estaban los bloques. No estaba el hospital al que íbamos. No estaba la ciudad ni el zumbido de fondo que hace una ciudad aunque duerma, ese ruido que uno solo nota cuando desaparece.

Había tierra. Tierra lisa, removida, hasta el horizonte, como si allí no hubiera habido nunca nada y alguien hubiese pasado el rastrillo por educación.

Quedaban cosas sueltas, elegidas al azar y sin ningún criterio que yo pudiera entender. Una marquesina de autobús, sola en mitad de la nada. Un contenedor de escombros. Una grúa de obra, entera, plantada como el esqueleto de algo. Un semáforo que seguía cambiando de color para nadie.

Ochenta segundos antes había ocurrido, y voy a contarlo ahora porque es más fácil contarlo desde aquí.

No hubo estruendo. Esa es la parte que la gente no se cree. Todo el mundo se imagina una explosión, un temblor, algo. Y no. Lo que hubo fue un sonido de papel. Un roce. Un pliegue. Millones de hojas cerrándose a la vez, muy lejos y muy cerca al mismo tiempo, un fsss enorme y ordenado y absolutamente tranquilo.

Y después el silencio, que fue lo peor.

—¡Bruno! ¡Bruno, que se me ha puesto la ventanilla de un color raro!

La ambulancia seguía ahí, entera, blanca y estúpida en mitad del viaducto, con las luces de posición encendidas y el motor al ralentí porque a nadie se le había ocurrido apagarlo.

Me llamo Bruno Vidal. Tengo treinta y cuatro años. Conduzco una ambulancia de transporte sanitario programado, que es la manera elegante de decir que soy un taxi con una camilla detrás y una sirena que no me dejan usar. No salvo a nadie. Recojo a personas mayores y las llevo a diálisis, a rehabilitación, a oncología, y luego las devuelvo a sus portales. Diecisiete traslados en un turno bueno. Veintidós en uno malo.

Aquella mañana el primero era doña Encarna. Siempre era doña Encarna. Martes, jueves y sábado, a las cinco y media, portal cuatro de la calle Sierra Carbonera, y ella ya abajo esperando, porque bajar tarde le parecía una falta de respeto hacia mí y bajar a la hora le parecía una falta de respeto hacia sí misma.

Abrí la puerta lateral.

Estaba sentada muy recta, con la carpeta azul sobre las rodillas y las dos manos encima de la carpeta.

Ochenta y seis años. Metro cincuenta y dos con los zapatos puestos. El pelo de un blanco de peluquería, cardado los viernes. Un abrigo de paño color camel que ya era caro cuando lo compró y que seguía siendo mejor que cualquier cosa que yo haya tenido puesta en mi vida.

Y la carpeta.

Hay que hablar de la carpeta. Era de plástico azul con goma elástica, del tipo que venden en cualquier papelería por dos euros, y doña Encarna la llevaba encima como otros llevan el corazón. Dentro estaba, literalmente, su vida entera: el DNI, la tarjeta sanitaria, el libro de familia, las escrituras del piso, el certificado de defunción de su marido, recibos de la luz de 1994, la partida de bautismo.

—¿Y por qué lo lleva todo? —le pregunté una vez, el primer mes.

—Porque un día vendrá alguien a preguntar —me dijo—. Y yo no voy a ser de las que no saben qué contestar.

Me acuerdo de que me reí. Me acuerdo perfectamente.

—¿Qué ha pasado? —dijo ahora.

Y esa fue la primera vez, en dos años, que le oí miedo en la voz. Me dio más impresión que la ciudad vacía.

—No lo sé.

—Dígame la verdad.

—Es la verdad, doña Encarna. No lo sé.

Ella asintió una vez, poco a poco, y apretó un poco más la carpeta.

—Entonces siéntese aquí conmigo —dijo—, que estar de pie no arregla nada.

Me senté. En la guantera seguía el tupper con las torrijas que me había traído, envueltas en papel de horno, con un pósit encima que decía Para el chico de la ambulancia. Me había comido una nueve minutos antes, conduciendo con una mano, mientras ella me explicaba que yo conducía como un animal.

Nueve minutos. Es una cantidad de tiempo obscena.

El texto apareció ocho segundos después.

No en una pantalla. En el aire, a metro y medio de mi cara, flotando sobre el pasillo de la ambulancia, en unas letras que no eran de ningún alfabeto que yo hubiera visto y que sin embargo leí sin ningún esfuerzo, como se leen los sueños.

Y con el texto, una voz. Una voz de funcionario. No de funcionario malo: de funcionario cansado, de esos que llevan veinte años en la misma ventanilla y ya no le tienen rencor a nadie porque el rencor también agota.

Leí eso tres veces.

—Bruno —dijo doña Encarna—. ¿Usted también ve el cartel?

—Lo veo.

—Menos mal. Ya pensaba que era cosa mía.

Y debajo, más pequeño, en la misma tinta cansada:

Silencio.

Fuera, las farolas seguían encendidas sobre un vacío que no tenía nada que iluminar.

—Bueno —dijo doña Encarna.

—¿Bueno?

—Bueno —repitió—. Pues por lo menos han avisado.

Me giré hacia ella tan rápido que me crujió el cuello.

—¿Que han avisado?

—Hombre, Bruno. Han dicho lo que se llevan, han dicho que se guarda entero y han puesto hasta el porcentaje. —Se estiró las mangas del abrigo, muy digna—. Que es más de lo que hizo el ayuntamiento cuando me cambiaron la parada del autobús.

Y ahí, en medio del fin del mundo, con una ciudad entera archivada debajo de nosotros, se me escapó una risa. Una risa fea, corta, de las que salen solas cuando el cerebro no sabe dónde meter una cosa. Me tapé la cara con las manos y me quedé así un rato.

—Ya está —dijo ella, y me puso la mano en el brazo. Tenía la mano pequeña y fría y muy firme—. Ya está, hijo. Ya está.